Hola, soy Mar
Enfermera infantil y neonatal · Colegiada nº 16700
Entre la crianza de redes y ser mala madre o mal padre, existe una escala de grises. Tips reales para familias reales.
Mi experiencia y formación
Soy enfermera desde hace casi 10 años y tengo el Diploma de Posgrado en Práctica Avanzada de Enfermería al Niño con Problemas de Salud, con formación en Urgencias Pediátricas, UCI Pediátrica y UCI Neonatal.
Y aunque he pasado por muchos sitios, fue en Neonatos donde aprendí gran parte de lo que sé sobre enfermería infantil.
Durante mi formación, una enfermera de la UCIP de Vall d’Hebron sembró en mí una idea que me sigue acompañando a día de hoy:
«No podemos entender a un paciente pediátrico sin incluir a quienes le cuidan».
Y tenía toda la razón.
Lo vi acompañando a familias durante procesos de prematuridad, pero terminé de entenderlo años después, trabajando en consulta de Niño Sano.
Porque sí, revisábamos peso, talla, desarrollo, poníamos vacunas y resolvíamos dudas médicas.
Pero muchas veces lo importante no era eso.
Lo importante era cuando una mamá o un papá, después de sentirse escuchado/a, te decía:
«Menos mal. Pensaba que esto solo me pasaba a mí».
Ahí entendí que, cuando consigues crear confianza, la consulta deja de ser una revisión y se convierte en un lugar seguro donde poder preguntar, dudar, agobiarse un poco y salir más tranquilo/a.
Y, sinceramente, eso es lo que me mueve como enfermera infantil hoy.
Qué me llevó a crear pomelo.bby
Siempre quise ser enfermera. Nunca médico. Enfermera.
Yo quería curar, aliviar y cuidar.
Era la niña que llevaba el botiquín a las excursiones, no te digo más.
Al acabar la carrera quería especializarme en quirófano, pero cuando ya me había mudado para hacer la formación… la cancelaron.
Como ya estaba allí instalada y con la vida medio montada, me ofrecieron reubicarme en Urgencias y Cuidados Intensivos Pediátricos.
Acepté pensando:
«Bueno… ya estamos aquí».
La vida, claramente, tenía otros planes para mí.
No voy a romantizarlo: al principio fui bastante escéptica. Pensaba que aquella formación me serviría para sumar puntos en bolsas y poco más.
Pero el primer día que entré en una UCI neonatal y ayudé a hacer la higiene de un prematuro de apenas 600 gramos, me enamoré completamente de la pediatría.
Ese mismo verano empecé a trabajar en Neonatos y pasé los siguientes años entre incubadoras, monitores pitando, bebés diminutos y familias aterradas intentando entender un mundo que nadie te enseña a gestionar.
Mi trabajo era importante para los peques, sí.
Pero todavía más para quienes les cuidaban.
Aprendí que, cuando un bebé ingresa, también ingresan sus madres y padres. Que el miedo, la culpa y la incertidumbre también necesitan cuidados.
Y creo que desde entonces ya no he sabido ejercer mi profesión de otra manera.
Giro dramático: llegó el COVID.
Me trasladaron al hospital de campaña y, después de aquellos años tan duros, pensé de verdad que quizá ya no quería volver a ejercer. O que, al menos, ya no podía hacerlo igual.
Como claramente no sé estarme quieta, decidí estudiar enfermería dermoestética. Algo más amable. Más ligero. Menos emocionalmente devastador.
Pero la vida volvió a hacer de las suyas.
Mientras estudiaba, terminé trabajando en una consulta de enfermería pediátrica en Atención Primaria.
Y ahí reconecté por completo con la profesión.
Me empapé de dos pediatras maravillosas a las que les debo muchísimo y juntas intentamos crear una consulta cercana, actualizada y humana.
Y descubrí que mi parte favorita del trabajo no era solo pesar bebés, revisar percentiles o poner vacunas.
Era cuando una familia se sentía suficientemente segura como para decir:
«Esto me da vergüenza preguntarlo…»
o
«Pensaba que era la única madre a la que le estaba pasando esto».
Y poder responderles:
«No. No eres la única. Y no lo estás haciendo mal.»
Segundo giro dramático: un lunes llegué a trabajar y me dijeron que mi contrato terminaba el martes.
Y, honestamente, me enfadé muchísimo.
Con el sistema. Con lo poco que se valora la formación especializada en mi profesión. Con lo difícil que es construir algo cuando un día estás poniendo todo tu esfuerzo en crear una buena consulta para las familias y al siguiente vuelves a estar en paro esperando a ver dónde te ubicarán esta vez.
Así que cambié completamente de rumbo y, junto con mi querido socio, abrimos una clínica de estética: Pomelo.
Pero hay cosas que una no consigue quitarse de encima.
Yo seguía hablando de pediatría constantemente. Seguía formándome «por hobby». Seguía siendo la pesada que acababa dando su teléfono a madres y padres recientes por si necesitaban ayuda con el bebé.
Y mi mejor amigo —que además es mi socio— llevaba años diciéndome:
«Tienes que hacer algo con esta pasión».
Y tenía razón.
Porque la pediatría, la divulgación y el acompañamiento a familias siempre acababan encontrándome.
Y así nació pomelo.bby.
Un espacio sin culpa, sin juicios y sin necesidad de hacerlo perfecto.
Un lugar para familias reales, con dudas reales y bebés reales (que sí, a veces duermen fatal y comen todavía peor).
Un espacio para aprender, adaptarnos y sentirnos un poco menos solos/as en la crianza.
Porque, al final, eso es lo que he intentado hacer durante toda mi carrera, aunque todavía no lo supiera:
Ser esa amiga enfermera a la que le mandarías un WhatsApp de:
«Mar, SOS, ¿esto es normal?»
Bienvenidas/os 🤍
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